El guante que el tiempo no pudo envejecer ni el olvido borrar
En el panteón del béisbol cubano, hay nombres que resuenan en las gradas de la Isla y otros que, por caprichos de la política y el destino, quedaron suspendidos en un exilio mediático. Rigoberto ‘Tito’ Fuentes es uno de ellos.
Considerado por muchos como la mejor segunda base que ha dado Cuba, Fuentes no es solo un compendio de estadísticas impresionantes; es la personificación de la ‘pimienta’, el estilo y la resistencia de una generación que tuvo que elegir entre su tierra y su vocación profesional.
De La Víbora a la Leyenda
Nacido en 1944 (aunque con la picardía propia del pelotero admite haber ajustado su edad para firmar), Tito creció en los placeres de La Habana, jugando con piedras y vidrios antes de calzarse sus primeros uniformes con “Los Turistas”.
Su relato nos transporta a una Cuba de 40 centavos el autobús y caminatas ‘interminables’ desde el Cerro hasta la Víbora para no gastar el dinero del regreso.
Su ascenso fue meteórico. Representó a Cuba como juvenil en 1958 y como amateur en el Campeonato Mundial de Costa Rica, en 1961. Fue precisamente allí donde el destino dio un giro irreversible. Mientras en la Isla se libraban batallas políticas, Fuentes firmaba con los Gigantes de San Francisco. “Mi papá me dijo: la pelota profesional aquí no va a existir… vete”, recuerda con la nostalgia de quien sabe que ese consejo le salvó la carrera, pero lo alejó de sus raíces por décadas.
El “Dandy” de San Francisco
‘Tito’ Fuentes no solo jugaba béisbol; lo interpretaba. Fue pionero del bat flip cuando todavía se consideraba una afrenta, y su estilo impecable —con sus famosas diademas y cadenas— lo convirtió en un icono visual.
Pero detrás del espectáculo había un profesional de hierro. En 1973, estableció un récord de fildeo de .993, cometiendo solo seis errores en 160 juegos, una marca que permaneció inamovible por 13 temporadas.
‘Tito’ revela la mentalidad de aquel jugador intuitivo: “Yo no narro, yo comento lo que veo como segunda base”. Esa misma visión lo llevó a ser un analista estrella tras su retiro, manteniendo viva la llama del béisbol para la comunidad hispana en San Francisco, desde 1981.
El Reencuentro y el “Silencio” Oficial
Uno de los momentos más emotivos de su testimonio es su regreso a Cuba en 1976. Tras 14 años sin ver a sus padres, volvió para encontrar que, aunque el pueblo y sus colegas como Rey Vicente Anglada lo admiraban, para las instituciones oficiales él era un fantasma.
“Soy cubano, eso no me lo puede quitar nadie”, sentencia con firmeza, recordando cómo le dejó claro a los federativos que él representó a Cuba en todas sus etapas: juvenil, amateur y profesional.
A sus 80 años, sigue siendo ‘pimienta’ pura. Su memoria, nítida como un batazo a las líneas del Candlestick Park, guarda las anécdotas de haber compartido con inmortales como Willie Mays y Juan Marichal. Aunque el gobierno de su país intentara borrar su nombre de los libros de texto, la historia del béisbol —esa que se escribe con sudor y récords— lo mantiene en el lugar que le corresponde: el de una leyenda viva que no olvida de dónde vino.

