sábado, julio 25, 2026

La voz de los hispanos en el sur de Nevada

LAS VEGAS NEVADA | JUNIO 2026 | VOLUMEN 2 | NÚMERO 13

Vicente Fernández:

La grandeza  de un hombre sencillo

Hay personajes cuya fama parece tan inmensa que, con el tiempo, terminamos creyendo que siempre fueron leyenda. Olvidamos que detrás del aplauso existe una persona que ríe, agradece, bromea, extraña a su familia y valora los gestos sencillos de la vida. Con Vicente Fernández ocurría precisamente eso. El mundo veía al ídolo vestido de charro. Quienes tuvimos la oportunidad de convivir con él conocimos también al hombre que jamás permitió que el éxito le arrebatara su esencia.

Mucho se ha escrito sobre su voz, sus discos y los escenarios que conquistó. Pero pocas veces se habla de una de sus mayores virtudes: la gratitud.

Recuerdo la primera ocasión en que tuve el privilegio de entregarle un reconocimiento en Las Vegas. Era el 25 de noviembre de 2006 y la ceremonia parecía imposible. La estrella que recibiría pesaba más de doscientos kilos y debía subir al escenario durante el concierto. Su equipo estaba preocupado. Nadie interrumpía una presentación de Vicente Fernández. Era una regla casi sagrada.

Después de una llamada con él, todo cambió. La respuesta fue sencilla, sin protocolos ni complicaciones. Había dicho que sí. Aquel detalle me hizo comprender algo que confirmé muchas veces con los años: cuando Vicente confiaba en una persona, lo hacía plenamente.

La ceremonia fue inolvidable. El público celebró el homenaje con una ovación, pero él, fiel a su estilo, rompió la solemnidad con una ocurrencia inesperada. Al agradecer, mencionó al patrocinador del reconocimiento con un espontáneo “¡Gracias, Pepe’s Tacos!”, provocando carcajadas en todo el recinto. Minutos después tomó el micrófono, hizo una breve pausa y remató con un entusiasta “¡Y arriba las Chivas!”. Esa era su personalidad: incluso en los actos más formales encontraba espacio para hacer sonreír a la gente.

Auténtico y profundamente mexicano

Ese sentido del humor nunca desaparecía. Era natural, auténtico y profundamente mexicano.

Sin embargo, lo que más me impresionaba era su manera de corresponder a quienes lo rodeaban. Nunca daba por hecho el cariño de la gente. Al contrario, sentía la necesidad de agradecerlo. Después de uno de los homenajes que organizamos, me sorprendió con un gesto que nunca olvidaré. Me entregó veinte boletos VIP para que asistiera con mi familia y mis amigos a su concierto. Lo hizo sin que nadie se lo pidiera, simplemente porque, según sus propias palabras, quería encontrar una manera de corresponder.

Ese tipo de acciones revelaban quién era realmente.

Con el paso del tiempo tuve la oportunidad de visitarlo en su querido Rancho Los Tres Potrillos. Ahí descubrí a un Vicente muy distinto del que aparecía en televisión. Era un hombre que disfrutaba abrir las puertas de su casa, compartir la mesa y conversar sin prisas. Le gustaba hacer sentir cómodo al visitante. No actuaba como una figura inalcanzable; actuaba como un anfitrión orgulloso de recibir amigos.

Quizá por eso millones de personas sentían que lo conocían personalmente. Su cercanía no era una estrategia artística. Era simplemente parte de su carácter.

Uno de los recuerdos que guardo con mayor afecto ocurrió lejos de cualquier escenario. El día de mi cumpleaños recibí una llamada inesperada. Del otro lado de la línea estaba Vicente Fernández cantándome Las Mañanitas. No necesitaba hacerlo. No era una obligación. Era simplemente un detalle nacido del corazón.

Y creo que ahí estaba el verdadero secreto de su grandeza.

Hoy, cuando escucho alguna de sus canciones, no pienso únicamente en el artista que hizo historia para la música mexicana. Pienso en el hombre agradecido, en el amigo generoso, en el anfitrión amable y en ese mexicano orgulloso que jamás permitió que la fama fuera más grande que su humanidad.



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