Somos mucho más vulnerables de lo que creemos
Hay momentos en los que la vida cambia en cuestión de segundos. Basta un movimiento de la tierra, un accidente, una enfermedad o una pérdida para recordarnos algo que frecuentemente olvidamos: somos mucho más vulnerables de lo que creemos.
Lo ocurrido en Colombia con el terremoto nos vuelve a enfrentar con esa realidad. Cuando la tierra tiembla no pregunta quién eres, cuánto dinero tienes, cuáles son tus planes o si estabas preparado. Simplemente sucede. Como la lluvia, que cae sobre todos sin distinguir a quién moja.
En la vida ocurre lo mismo
A personas buenas les suceden cosas malas. Hay situaciones que no buscamos, que no merecemos y que jamás hubiéramos elegido. Podemos prepararnos para muchas cosas, pero nunca podremos controlar completamente lo que sucederá mañana.
Sin embargo, existe algo que continúa perteneciendo a nosotros: la manera en que decidimos enfrentar aquello que nos ocurre.
Podemos mirar únicamente lo que perdimos o agradecer profundamente aquello que todavía conservamos. Podemos lamentarnos porque nuestros planes cambiaron o celebrar que seguimos aquí para construir otros. Podemos preguntarnos una y otra vez por qué nos sucedió, o respirar profundo, mirar alrededor y preguntarnos: ¿qué puedo hacer ahora?
Hay pérdidas que duelen profundamente y sería absurdo pretender que una frase positiva puede borrar el sufrimiento. Hay personas que pierden su casa, sus pertenencias, sus recuerdos y, en las peores tragedias, a quienes aman. Tienen derecho a llorar, a sentir miedo, rabia y tristeza.
La gratitud no consiste en negar el dolor
Consiste en evitar que el dolor nos impida reconocer todo aquello que todavía tenemos.
Y cuando comenzamos a mirar desde allí descubrimos pequeñas fortunas que antes parecían insignificantes. Seguimos respirando. Tenemos personas que nos aman. Hay alguien dispuesto a tendernos una mano. Podemos comenzar nuevamente. Ese es un regalo en medio del dolor.
Cuando llega la tormenta desaparecen muchas de las diferencias que parecían importantes. Entonces una mano ayuda a levantar una piedra, un desconocido comparte comida, alguien abre las puertas de su casa y otro simplemente abraza a quien necesita llorar. Allí volvemos a descubrir nuestra humanidad. Y si permanecemos juntos, sosteniéndonos cuando alguno ya no tenga fuerzas, podremos soportar incluso la más fuerte de las tormentas.

