viernes, agosto 7, 2026

La voz de los hispanos en el sur de Nevada

LAS VEGAS NEVADA | AGOSTO 2026 | VOLUMEN 2 | NÚMERO 15

José José:

El hombre que hacía sentir importantes a los demás

Hay objetos que, con los años, dejan de ser cosas y se convierten en memoria. En mi clóset conservo un smoking negro que José José me regaló cerca de mi cumpleaños. Lo había comprado en Inglaterra y lo había usado en una presentación especial. Al entregármelo, no habló de su valor. Solo me dijo que estaba agradecido conmigo y quería darme algo significativo. Años después me lo probé y me quedó a la medida. Comprendí entonces que aquel traje era su manera de decir «te aprecio» sin grandes discursos.

Así era él. El mundo lo llamaba el Príncipe de la Canción, pero en la cercanía no necesitaba títulos. Era José, el amigo que conversaba sin prisa, se reía de sí mismo y disfrutaba tanto una ceremonia multitudinaria como una comida sencilla.

Lo confirmé cuando lo llevé a Cuernavaca, ciudad que ocupaba un lugar especial en su historia. Yo quería atenderlo en un restaurante distinguido, pero prefirió los tacos de cecina que prepararía mi hermana Tere, acompañados por las tortillas hechas a mano de mi tía Carmen. Se sentó a la mesa como uno más y comió con enorme gusto. Después discutíamos, entre carcajadas, si habían sido ocho, 10 o más tacos. Años más tarde, incluso desde el hospital, todavía recordaba aquella comida y me decía que, al recibir el alta, quería regresar para repetirla.

Ese deseo decía mucho de él. Cuando la salud se vuelve frágil, las personas revelan lo esencial. José no soñaba con una ovación. Soñaba con volver a una mesa, compartir con amigos y saborear unos tacos que le recordaban una tarde feliz.

Compartiendo el don de gente

También sabía reconocer el cariño de la gente. En una ocasión, mientras viajábamos por la Ciudad de México, una patrulla nos detuvo. El policía se acercó con gesto serio, pero al descubrir a José José en el asiento del copiloto olvidó la infracción. José pudo saludarlo desde la ventana; en cambio, bajó del automóvil, lo abrazó, se tomó fotografías y le dio un autógrafo. Para él, aquel oficial no era una interrupción: era una persona emocionada por conocerlo.

Ese respeto aparecía también en los momentos difíciles. Durante la ceremonia de su estrella en Las Vegas, permaneció más de cinco horas firmando libros porque no quería marcharse mientras quedara alguien esperando. Días antes, su esposa había sufrido una grave emergencia médica. Yo daba por hecho que cancelaríamos, pero José me llamó para decirme que cumpliría el compromiso, porque muchas personas ya habían organizado todo para recibirlo. Llegó con tristeza, pero llegó. No por vanidad, sino por responsabilidad.

Mucho se habla de su voz, sus canciones y sus triunfos. Yo recuerdo otra clase de grandeza: la de un hombre agradecido, capaz de conservar el humor aun en la enfermedad y de procurar que nadie se marchara sin una sonrisa.

Nuestra amistad duró más de 30 años. En ese tiempo confirmé que José José no necesitaba cantar para conmover. Le bastaba escuchar, cumplir su palabra, compartir la mesa o entregar un objeto querido para demostrar afecto.

Por eso, cuando vuelvo a mirar aquel smoking, no pienso en el lujo ni en el escenario donde lo usó. Pienso en el amigo que me lo entregó con sencillez. Y entiendo que el verdadero legado de una persona no siempre está en aquello que deja al mundo, sino en cómo hizo sentir a quienes caminaron a su lado.

Nos leemos en una próxima edición de El Rincón de las Estrellas, para seguir recordando al ser humano detrás de cada gran nombre.



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