Hay canciones que solo pueden entenderse con el corazón
Es el caso de Lamento Borincano, escrita por Rafael Hernández. A simple vista parece la historia triste de un campesino puertorriqueño que lleva sus productos al pueblo con la esperanza de venderlos y regresa con ellos intactos porque nadie tiene dinero para comprarlos. Pero si uno la escucha con atención, descubre que está escuchando la historia de millones de emprendedores.
El jibarito sale de su casa “loco de contento”. Esa frase lo dice todo. Emprender siempre comienza con ilusión. Nadie abre un negocio pensando en fracasar. Nadie fabrica un producto, ofrece un servicio o invierte sus ahorros con el deseo de volver derrotado. Se sale al camino creyendo que el esfuerzo encontrará recompensa.
Sin embargo, la vida tiene una forma muy particular de enseñarnos humildad
El problema del jibarito no era la falta de trabajo. Había sembrado, había cosechado y llevaba su mercancía lista. Lo que encontró fue un mercado incapaz de responder. Un pueblo “muerto de necesidad”. Y cuántas veces ocurre exactamente lo mismo. Hay emprendedores talentosos que fracasan no porque sean incapaces, sino porque las circunstancias económicas cambian, porque el momento no era el adecuado o porque simplemente el mundo atravesaba una tormenta.
Lo admirable es que la canción nunca presenta al protagonista como un hombre derrotado en esencia. Regresa triste, sí, pero también vuelve con dignidad. Conserva su identidad, su hogar y la posibilidad de levantarse al día siguiente para volver a sembrar.
Emprende, te caes y TE LEVANTAS
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de Lamento Borincano. Los resultados de un solo día no definen el valor de una persona. Un negocio que no funcionó no convierte a alguien en un fracaso. Una venta perdida no cancela los sueños. Un mal año no invalida toda una vida de esfuerzo.
Vivimos en una época donde las redes sociales solo muestran cosechas abundantes, pero esconden los caminos vacíos y las jornadas en las que nadie compró nada. Por eso esta vieja canción sigue siendo tan vigente. Nos recuerda que detrás de cada emprendedor existe un ser humano que también siente miedo, frustración y desilusión.
Pero también nos recuerda algo más importante: mientras siga existiendo alguien dispuesto a levantarse, cargar nuevamente sus frutos sobre el hombro y volver al camino, siempre habrá esperanza. Porque los verdaderos emprendedores no son los que nunca regresan con las manos llenas de productos. Son aquellos que, aun después de una jornada difícil, se niegan a dejar de sembrar.

