Estas no se pierden, se transfieren
Hay un principio que aprendí de mi pastor Alexis Cardona que parece sencillo, pero sacude la conciencia: las oportunidades no se pierden, se transfieren. Lo que era para ti, si no lo tomas, termina en manos de alguien más. Porque la vida no espera a que tengas ganas, a que te sientas listo o a que desaparezca el miedo. La vida sigue. Y si tú no avanzas con ella, te deja atrás.
Pensar en esto duele un poco. Me hace recordar esas veces en que procrastiné. En que dudé de mí. En que postergué una llamada, una propuesta, una idea. Y mientras yo analizaba, alguien más actuó. Mientras yo pensaba “no es el momento”, otro decidió que sí lo era. Y la oportunidad cambió de dueño.
¿Te identificas? Si no, cuidado. Tal vez te estés contando la historia cómoda: que el mundo es injusto, que siempre pierdes, que otros tienen más suerte. Pero muchas veces no es mala suerte, ni falta de oportunidades. Es falta de decisión. Son excusas disfrazadas de argumentos.
Si no cambias, nada cambia
No asumir tu responsabilidad es el camino más rápido para repetir errores. Si todo es culpa de otros, tú nunca cambias. Y si no cambias, nada cambia.
Sacúdete. Deja de esperar condiciones perfectas. Asume tu parte, incluso cuando incomode. Toma las oportunidades que Dios pone frente a ti y hazlas tuyas. Porque llegará un día, más rápido de lo que creemos, en que mirarás hacia atrás, y el mayor peso no será lo que intentaste y falló, sino todo aquello que no intentaste.
Las oportunidades no desaparecen. Solo cambian de manos. Que esta vez no se transfieran lejos de ti, sino que se queden contigo. Que en la próxima oportunidad venzas la apatía, salgas de tu zona de confort y estires la mano para tomar aquello que fue diseñado para ti. Y repítete, aunque tu mente quiera sabotearte: “si no soy yo, ¿quién? Y si no es ahora, ¿cuándo?” Y hazlo.

