viernes, octubre 9, 2026

La voz de los hispanos en el sur de Nevada

LAS VEGAS NEVADA | SEPTIEMBRE 2026 | VOLUMEN 2 | NÚMERO 24

Capulina:

La bondad también puede hacer reír

Hay personas que uno conoce primero a través de una pantalla y, muchos años después, la vida permite conocer de verdad. Con Capulina me ocurrió así. Antes de estrechar su mano, yo ya sentía que formaba parte de mis recuerdos. Como millones de niños, crecí viendo sus películas en televisores que muchas veces todavía eran en blanco y negro. Pero al conocerlo comprendí que lo más valioso de Capulina no era solamente su capacidad para hacernos reír, sino la bondad que sostenía aquella risa.

Durante meses hablamos por teléfono antes de poder encontrarnos. Yo viajaba con frecuencia desde Las Vegas a Cuernavaca y quería rendirle un homenaje por lo que había significado para varias generaciones. Él siempre respondía con ese tono bonachón que parecía borrar cualquier distancia. Su salud ya no le permitía viajar. El dolor del nervio ciático hacía difícil incluso caminar, así que decidimos llevar el reconocimiento hasta su casa.

Cuando finalmente llegó el día, fui acompañado por mis hermanos Inés, Teresa y Fermín, y por Reyna Brito, quien años atrás lo había atendido como enfermera. Lo que imaginé como una breve ceremonia terminó convirtiéndose en varias horas de conversación. Capulina nos abrió las puertas de su casa y, sobre todo, de su memoria.

Agradecido de la vida

Cada recuerdo lo contaba con una gratitud que hacía olvidar que era una leyenda.

Hubo un instante que todavía me conmueve. Cuando llegó el momento de entregarle los reconocimientos, quiso ponerse de pie. Le insistí en que permaneciera sentado porque sabía cuánto le dolía hacerlo. Él respondió:

—No, estos reconocimientos son importantes, y por ustedes voy a pararme.

Lo vi levantarse con esfuerzo. Entonces entendí que no estaba frente al personaje que había visto toda mi infancia, sino frente a un hombre agradecido. Para él, aceptar aquel homenaje significaba también respetar a quienes habíamos llegado hasta su casa.

Y entonces apareció su humor. En medio de la charla me tomó del brazo y me preguntó por qué no nos casábamos, pues después de tantas llamadas ya conocíamos nuestras vidas. Su esposa siguió la broma y la sala se llenó de carcajadas. Fue maravilloso descubrir que aquel humor limpio de sus películas no desaparecía cuando se apagaban las cámaras. Era parte de él.

Tocando un pedacito de infancia

También presencié su ternura. Cuando Reyna le recordó que años atrás lo había atendido en un hospital, Capulina la abrazó y le agradeció el cariño con el que lo había cuidado. Recordaba el afecto recibido y sabía devolverlo.

Antes de despedirnos ocurrió algo que conservo como un tesoro. Tomó su famoso gorrito, aquel que tantas veces había visto en televisión, y me lo colocó. Puede parecer un gesto sencillo, pero para mí fue como si durante unos segundos me hubiera permitido tocar un pedacito de mi infancia.

Ese día comprendí que hay artistas que nos entretienen y seres humanos que, además, nos dejan una enseñanza. Capulina pertenecía a ambos mundos. Hizo reír sin humillar, construyó humor sin lastimar y conservó una sencillez que quizá fue su mayor grandeza.

Cuando salí de su casa sentí que no me despedía únicamente de una leyenda. Me despedía de un hombre que había convertido la bondad en una manera de vivir. Hasta el cielo, querido Capulina. Gracias por tantas risas, pero sobre todo por recordarnos que también se puede dejar una huella profunda haciendo felices a los demás.




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