Contra la intemperie
La palabra llegó antes que las certezas. Antes que los diagnósticos, antes que el miedo. Desde niña supe que en el lenguaje había una forma de sostener lo que el mundo no logra explicar.
La poesía apareció en noches de insomnio donde el pensamiento no descansaba y comenzaba a parir criaturas improbables: sapos con ojos blancos que vigilaban desde la esquina de la habitación, lenguas antiguas que regresaban como si nunca hubieran sido enterradas, tribus que reaparecían en medio de la oscuridad. Las criaturas de la noche no eran fantasía. La realidad tiene más puertas de las que estamos dispuestos a cruzar.
Cuando comencé a perder la vista, el enfoque cambió por completo. El exterior se volvió incierto; el interior adquirió relieve. La poesía tomó peso. Se volvió herramienta concreta, casi física. Con ella aprendí que cuando algo se pierde afuera, algo se afila adentro. El lenguaje ofrecía territorio para seguir orientada.
La fragilidad tenía sonido
Hace año y medio, mi hijo Andreas pasó casi un año hospitalizado. La fragilidad tenía sonido: monitores insistentes, puertas que se abrían en la madrugada, respiraciones medidas.
Ante el riesgo de un coágulo en una vena, escribí mientras esperábamos el Doppler. Escribía para sostener la respiración. Nació ‘Los habitantes de cabezas de pulgar’. Del temblor de los quirófanos comenzó tomó forma ‘El Bestiario del Piso Ocho’. La imaginación no suaviza lo que ocurre; abre un espacio para atravesarlo sin quebrarse.
El lenguaje define los límites del horizonte
Se insiste en que la poesía carece de utilidad. Sin embargo, cuando todo tiembla, es de las pocas estructuras capaces de ordenar el miedo. No elimina el caos; le da forma, lo vuelve habitable. Comienzan a oírse respuestas que el ruido exterior no deja escuchar.
El Mes de la Historia de la Mujer y el Día Mundial de la Poesía coinciden en algo más profundo que el calendario. A lo largo del tiempo se intentó disminuir a ambas. Sin embargo, generan pensamiento, lenguaje y dirección interior en un mundo que premia lo visible y lo rápido.
El lenguaje define los límites del horizonte. Una sociedad que empobrece su vocabulario reduce su capacidad de imaginar.
Escribo desde esa certeza: en el interior hay estructura, dirección, una forma de sentido que no depende de lo exterior.
Afuera puede haber ruido y amenaza. Ciudades que crujen y luces que titilan de madrugada. Cuando una palabra encuentra su lugar exacto, algo se reorganiza por dentro. El miedo adquiere contorno, la incertidumbre pierde su bruma, la herida deja de ser caos y empieza a tener sentido.
Y cuando el dolor puede nombrarse, deja de ser abismo.
Se vuelve conciencia.
(*) Libertad Betancourt, poetisa y escritora.

